tres del mes: marzo, 2017

Tres películas, especiales de comedia o series que vi durante el mes anterior (o hace más de dos meses, en este humillante caso). No es un top tres, necesariamente. Tres por la rima fácil, porque hay que frenar en algún lado, y por las pastillas que consumí en la mañana: una Brintellix, una Vitango, una cápsula de omega-3.

Les rendez-vous d’Anna (1978, Chantal Akerman)

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“All the women who went to see Jeanne Dielman… didn’t want to see Les rendez-vous d’Anna, because they said I was already corrupted,” Akerman later said. “Can you imagine that?”

Les rendez-vous d’Anna es una película de desplazamiento. Camas de distintos hoteles, estaciones de tren, vehículos en movimiento son los principales escenarios. Aun durante la escena final, cuando la protagonista finalmente regresa a su apartamento, escuchamos un mensaje de voz que le anuncia viajes inminentes. Anna Silver (Aurore Clément), directora de cine belga, debe dedicar parte de su tiempo a hacer giras para presentar sus películas. Un amante, una exsuegra, su madre, un soldado ambulante, otro amante—mientras transita de un sitio a otro, vemos a Anna hablar con personas cercanas o desconocidas. En esas conversaciones, ella generalmente recibe más información de la que comparte. Con su estilo más característico (encuadres simétricos, tomas prolongadas, elementos autobiográficos), Akerman presenta un cautivador retrato de un personaje difícil de caracterizar.

Si bien Anna no discute explícitamente sus emociones, cierta melancolía permea los fragmentos de su vida mostrados en la película. ¿Será por las reducidas expresividad y  emotividad de la protagonista? ¿Por el poco contacto físico que comparte con las personas con quienes se reúne, salvo dos encuentros sexuales que terminan de forma abrupta e incómoda? ¿Por la hermosa escena prolongada que, además de retratar el paisaje nocturno de la ciudad en movimiento, se enfoca en la cara de Anna, sentada en un taxi, con ojos llorosos? ¿Por el hecho de que Anna habla con resignación sobre las hijas que, quizás, hubiera podido tener (incluso les tenía pensado nombre: Judith y Rebecca)? ¿Por las conversaciones sobre soledad, relaciones o conexión (If you had someone else, I’d understand. But to be all alone is no life—especially for a girl)? Durante un cineforo en Preámbulo, varias personas, atrevidas, diagnosticaron a Anna con algún grado de depresión. Un par de veces he comentado con un amigo aquel pequeño consenso en la audiencia. No hemos llegado a grandes conclusiones todavía (somos lentos, rigurosos), más allá de reconocer una tendencia no solo a diagnosticar psicológicamente a los personajes, sino también a asociar con cargas de tristeza rasgos como ser silencioso o solitario. Parte del atractivo de una película ambigua, abierta, es la posibilidad de múltiples interpretaciones (algunas argumentadas con base en evidencias de la película, otras totalmente personales, e incluso delirantes).

Un dudoso ejemplo de esas múltiples interpretaciones: La relación de Anna con una italiana anónima, quien no aparece en la película, es bastante significativa. No solo Anna intenta llamarla por teléfono repetidas veces, sino que la historia que le cuenta a su madre, de cuando conoció a la italiana, es uno de sus diálogos más prolongados. Además, en la escena final, cuando Anna está escuchando todos los mensajes de voz acumulados, su expresión facial podría describirse como triste, cansada o neutra. Hasta que escucha el mensaje de una mujer con acento italiano. En ese momento, Anna sonríe. Creo. Creo que la sonrisa está ahí, clara, pero puedo estar equivocada. Tal vez, simplemente, por alguna sucia razón, quiero imaginar una historia de enamoramiento alegre donde no la hay. Copiando la frase final de un cómico e intenso tráiler sesentero, me pregunto: ¿Cuando hablo de Les rendez-vous de Anna… hablo de mí misma? Ay.

Kate Plays Christine (2016, Robert Greene)

KatePlaysChristine
She didn’t have an extraordinary career, she wasn’t an extraordinary person—she was extraordinarily nice, and I loved her, but it’s the blood and gore aspect of it, the violent nature of her end, the public nature of her end, that is the hook. That’s why you’re here talking to me now.

Para Durkheim, una gran dificultad de estudiar el suicidio era no poder entrevistar a las personas que se habían suicidado. Sin poder corroborarlo, tengo un borroso recuerdo de una frase similar compartida por un profesor, principalmente para efectos cómicos. No sé si alguien alzó la mano para preguntar si Durkheim había hablado con personas que alguna vez, sin lograrlo, intentaron suicidarse. No creo. No importa. Lo menciono porque, cada cierto tiempo, recuerdo que debería leer El suicidio. Como los días que pasé pensando en Christine Chubbuck, luego de ver dos películas que, de formas muy distintas, gravitan alrededor del evento más conocido de la vida de esa reportera de Florida: haberse suicidado mientras presentaba su programa de televisión en directo. Christine (2016), dirigida por Antonio Campos, presenta, de forma esperable (no sin cierta potencia, en gran parte gracias a la actuación tensa de Rebecca Hall), momentos importantes de la vida del personaje titular, antes del disparo final. Por su parte, Kate Plays Christine es un documental, digamos, en el que vemos a la actriz Kate Lyn Sheil—con breves pero memorables apariciones de otros actores, no reconocidos, involucrados en el proyecto—prepararse para interpretar el papel de Chubbuck. No es claro cuánto de esa preparación es actuación en sí misma.

Con la convencionalidad general (presentación de eventos clave, casi sin digresiones, en orden cronológico) de Christine asocio, además de un aire de predictibilidad, cierta impresión de firmeza sobre las motivaciones que llevaron a la protagonista a suicidarse. Se enfatiza la insatisfacción tanto con su ambiente laboral como, especialmente, con sus relaciones personales (her suicide was simply because her personal life was not enough, dijo una vez su madre). En Kate Plays Christine, en cambio, confusión e incertidumbre reinan, acompañadas por la música original de Keegan DeWitt, compositor de una banda sonora apropiadamente perturbadora para Queen of Earth. Kate lee palabras escritas por o sobre Chubbuck, entrevista a distintos conocidos de la reportera, ve un video de esta como entrevistadora. También, de manera usualmente encantadora, a veces algo irritante, se cuestiona cuáles son sus motivaciones para representar a una persona que ha sido casi reducida a la manera en que decidió morir. De hecho, durante la grabación del suicidio, momento que podría considerarse climático, el disparo pierde protagonismo en medio del monólogo exaltado e incómodo de Kate. Mientras Christine privilegia la claridad, en Kate Plays Christine el resultado es más turbio. Más entretenido, también. Para explicaciones metódicas están los franceses difuntos.

Jackie (2016, Pablo Larraín)

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JACKIE: The more I read, the more I wonder: When something is written down, does that make it true? JOURNALIST: It’s all that we have. JACKIE: Had. We have television now. Now people can see with their own eyes.

El primer estímulo que nos da Jackie es la banda sonora compuesta por Mica Levi (ya conocida en cine por su excelente trabajo previo en Under the Skin). Las notas varían inesperadamente. Se alejan, regresan. El sonido dizque orquestal se deforma. La breve introducción musical, que escuchamos durante varios segundos de pantalla en negro, resulta representativa del largometraje dirigido por el chileno Pablo Larraín: un biopic de convenciones distorsionadas que presenta a Jacqueline Kennedy (también Bouvier, también Onassis), interpretada por Natalie Portman, principalmente en una época cercana al asesinato de su esposo presidente. Si bien la película, que no presenta eventos de forma estrictamente cronológica, en ocasiones se deja llevar por momentos que más que “informativos” resultan evocadores, tampoco se trata de un conjunto completamente fragmentario o enigmático de escenas. Varios hilos recurrentes enmarcan el montaje: la entrevista con Theodore H. White (Billy Crudup) para LIFE Magazine; una prolongada conversación con el sacerdote encargado de los ritos funerarios; la grabación de una visita guiada por la Casa Blanca; y, claro, el asesinato de John F. Kennedy, durante un día caluroso de 1963, en Dallas, Texas (Jack warned me. Said we were going to ‘nut country.’ But I thought it was all going so well).

No todas las primeras damas inspiran charlas sobre la relación entre moda e imagen política. No todas las primeras damas inspiran, ehm, maniquíes: I saw this picture from Life and put it into the movie. [Larraín shows me on his phone a 1961 photo of Jackie Kennedy mannequins being unloaded from a truck.] What if she saw that? That’s the question I asked myself, and I realized the movie I needed to make. Ciertas figuras públicas nos resultan especialmente atractivas e intrigantes. Personas cuyos gestos, forma de hablar, pensamientos o estilo de vestir, percibimos como reconocibles, familiares y hasta dignos de imitación. Esa curiosidad en ocasiones traspasa límites pudorosos de privacidad e intimidad. Una escena donde vemos a la protagonista dar vueltas por distintas habitaciones mientras escucha música, se sirve alcohol y toma pastillas resulta bella por razones formales: la calidez de la imagen, el ritmo en que se mueven las tomas, la canción cómica de Camelot (referencia alegórica recurrente en la película). Aun así, su fuerza es inseparable del hecho de que no es cualquier personaje tomando vodka, sino Jackie Kennedy, recién viuda, en la Casa Blanca. Similar sucede en otras escenas: cuando practica un discurso en español frente a un espejo, cuando pasea por una propiedad costera con sus hijos, cuando limpia sangre de su cara. Al interés por ver momentos privados de alguien célebre se suma la intriga por ver cómo otra persona reconocida (Portman), cuyos gestos y acento también conocemos de antemano, decide interpretarlos. Resulta particularmente atrayente al tratarse de una persona al parecer agudamente consciente del poder de la representación, preocupada por cómo sería imaginada. Don’t think for one second I’m going to let you publish that.

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