tres del mes: diciembre, 2016

Tres películas, especiales de comedia o series que vi durante el mes anterior. No es un top tres, necesariamente. Tres por la rima fácil, porque hay que frenar en algún lado, y por los minutos que pasé cuestionándome si debería escribir “playo” (palabra que uso generalmente, con mucho cariño) o “gay.”

Night Moves (2013, Kelly Reichardt)

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KELLY REICHARDT [picking up and old copy of Sofilm]: So Tarantino’s on your cover? He named Meek’s Cutoff (2010) one of his worst films of the year, when he was president of the jury at a festival where my film was competing…
But what the fuck? What should anybody be doing right now? No answer was discovered in the making of the film for that question. En la primera parte de Night Moves, vemos a Josh (Jesse Eisenberg), Dena (Dakota Fanning) y Harmon (Peter Sarsgaard), ambientalistas frustrados con el estado del mundo, reunirse para explotar una represa. Compran un barco, se aprenden sus nombres falsos, compran abono, preparan la bomba. En la segunda parte, cada uno debe lidiar con las consecuencias de la explosión. A pesar de que esta podría considerarse la película más convencional, en términos narrativos o de género (What happens when you let the noir be noir?), dentro de la filmografía de Reichardt, su sensibilidad minimalista (con Jeff Grace, colaborador recurrente, encargado de la música), su interés por observar las pequeñas costumbres de las personas y su afición por los procesos cotidianos están innegablemente presentes. Las acciones grandiosas toman un segundo plano. Tanto Reichardt como Jonathan Raymond (guionista, escritor) buscaban explorar el estado interno de algunos personajes; captar algunas de las tensiones ideológicas entre posiciones que van desde el fundamentalismo más confiado hasta la más paralizante ambigüedad. Night Moves presents a sliding scale of activist involvement, commitment and oppositional pushback against the status quo and asks viewers to consider where they stand.

Al respecto, Raymond menciona su familiaridad con los espacios retratados, en los que agricultores orgánicos preocupados por la solidaridad comunitaria conviven, y comparten rutinas, con Ron Paul libertarians. Tal convivencia estrecha de visiones distintas está presente también en las mismas reflexiones que ofrecen los guionistas. Mientras Reichardt, más ambigua, afirma que en la película no se encuentra ninguna respuesta sobre cuál es la mejor solución a la crisis ambiental, Raymond considera que sí se presentan indicios de un curso de acción sugerido: farming, broadly defined. The criticism leveled by the farmer against the saboteur always seemed extremely sane and righteous to me. Growing things, making things, that’s the answer, not blowing shit up. Alguien que, como Reichardt, se aleja de películas con mensajes categóricos, explícitos, no está exenta de ser asociada con ciertas formas de pensar. Por tanto, no está exenta de decepcionar expectativas ideológicas de ciertos miembros de su público. En ese sentido, cuenta que en varias sesiones de preguntas, personas jóvenes le externaron molestias por la representación negativa del ambientalismo en la película (la corriente de ambientalismo personificada por Josh, al menos). And that was always a little heartbreaking, just to watch someone in their 20s want absoluteness.

Happy Hour (2015, Ryûsuke Hamaguchi)

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That’s because we are seeing the gradual accumulation of pressure along active interpersonal faults and, despite their genuine resistance—comfort, shame, depression, self-doubt—something must give. These women simply have to move.

We meet them at a drizzly picnic before they split up and afford us glimpses of their everyday work and family life. The first half-hour or so is gently observational, kind of a cross between Hou Hsiao-Hsien and Eric Rohmer. The group reconvene to make up numbers at a day-long yoga-esque workshop organized by one of their number, Fumi, and this is where the film drifts, unexpectedly but delightfully, into Rivette territory. Es doloroso, para mí, leer sobre el inicio de Happy Hour. No solo porque me recuerda mis limitaciones mortales (nunca voy a aprovechar mi tiempo como me gustaría, ni entender un porcentaje satisfactorio de referencias a cineastas), sino también, principalmente, porque llegué media hora tarde a la proyección de la película. El retraso, al menos, no evitó que lograra meterme en el ritmo de los doscientos ochenta minutos que faltaban. Llegué en medio del mencionado day-long yoga-esque workshop, en el que participan las cuatro protagonistas, amigas cercanas ahora en sus treinta: Fumi (Maiko Mihara), Jun (Rira Kawamura), Sakurako (Hazuki Kikuchi) y Akari (Sachie Tanaka). Las escenas del taller son características de aspectos recurrentes en la película: el ritmo pausado de las acciones representadas, la presentación de escenas en (aparente) tiempo real y la búsqueda de formas, verbales o no, de comunicarse mejor. En el taller, los participantes, divididos en parejas, intentan transmitir palabras sin hablar, viéndose a los ojos mientras pegan sus frentes. También se dedican a escuchar los órganos de los demás (muy ruidosos, dicen).

Dado que su esposo, Kohei (Yoshitaka Zahana), no quiere concederle el divorcio, Jun decide alejarse de Kobe, sin informarle a nadie cercano dónde está. Puntuada por algunos eventos colectivos a los que se les dedica una duración significativa—el taller, un juicio, la presentación de un libro—, Happy Hour nos muestra cómo la decisión de Jun de intentar ser menos infeliz lleva a sus amigas a cuestionarse sus relaciones, su pasividad, su forma de aprovechar sus vidas. Esos eventos sirven también para realzar el mundo presentado por Hamaguchi, construido en conjunto con sus actrices por medio de talleres. Por un lado, nos permiten, lentamente, percibir distintas facetas de los personajes, tanto principales como secundarios. Si bien, por ejemplo, en distintos momentos Kohei resulta antipático, acosando a las protagonistas para obtener información sobre Jun, a quien no quiere dejar ir, en la presentación del libro de Yuzuki Nose (Ayaka Shibutani) resulta un interlocutor sorpresivamente sensible y, sin quererlo, gracioso.

Por otro lado, nos muestran el potencial, no siempre alcanzado, de algunos encuentros. Como dice Michael Sicinski: A movement-based seminar promising to help us “find our centre” should in fact realign our way of being in the world; spa treatments at natural hot springs are supposed to be “revitalizing;” fiction about the experience of female embodiment ought to provide “a new way of seeing,” as Kohei says of Yuzuki’s work. In fact, most of the time art lets us down. But in Happy Hour—which is based on a series of experiments with non-professionals—Hamaguchi proposes a life-world in which the experiences that are really supposed to rearrange our daily identities actually do. Poder atestiguar representaciones de experiencias transformadoras, sentados en salas oscuras llenas de desconocidos (con sus órganos ruidosos, su dudosa etiqueta de cine, sus reacciones encantadoras), es uno de los muchos obsequios que nos ofrece el cine.

Moonlight (2016, Barry Jenkins)

moonlight
But I wanted to make a picture where you could see how the world might bring this boy up so hard that he literally buries himself, you know, to perform this thing.

Moonlight is a document of rare visual and sonic force, one that beyond its potent aesthetic shifts perspectives from the white-heteronormative space American movies are normally drawn, a move so radical it seems an impossibility at any other point in history save our own, escribe Brandon Harris en el preámbulo a una agradable entrevista con el director Barry Jenkins, quien hace ocho años había debutado con su largometraje Medicine for Melancholy (2008), protagonizado por el gran Wyatt Cenac. Transformaciones técnicas, preferencias estéticas, nuestro contexto social, estudios de mercado, expectativas personales—innumerables factores moldean las posibilidades del cine. Moldean lo que, tanto cineastas como audiencias, somos capaces de imaginar, percibir o apreciar. También nos permiten reconocer aquello que no hemos visto (suficiente) todavía: It’s an absolute fucking shame that I’ve never seen a film where one black man holds another black man’s hand, or one black man cooks for another black man, you know? We don’t see that often enough.

La película es una adaptación personal de In Moonlight Black Boys Look Blue, obra escrita por Tarell Alvin McCraney, quien le dio total libertad creativa al director. Ciertas similitudes biográficas—ambos son hombres negros que crecieron en Miami, criados por madres que en algún momento sufrieron por adicción al crack—se sumaron al interés de Jenkins por el tratamiento de los personajes y el espacio en la obra (Tarell describes Miami as a beautiful nightmare). Lo que resulta es una emotiva acumulación de momentos en la vida de Chiron, dividida en tres capítulos cronológicos que van desde su infancia hasta sus veintitantos: Little (Alex R. Hibbert), Chiron (Ashton Sanders) y Black (Trevante Rhodes). Tanto la tonalidad de las imágenes, como la banda sonora, a cargo de  Nicholas Britell, acompañan la trayectoria de Chiron. Dos versiones de una misma pieza orquestal, por ejemplo, se repiten durante el segundo capítulo para subrayar los cambios emocionales en la vida del protagonista. Al inicio del capítulo, Chiron’s Theme; cerca del final, Chiron’s Theme Chopped & Screwed (Knock Down Stay Down). It takes this thing that we might consider arthouse, a very refined art form, and filters it through the characters, through the community, through the story.

Por conveniencia, pereza, costumbre o mala intención, a veces describimos obras de forma reductiva. Carol pasa a ser “la película de las lesbianas.” Moonlight, “la película sobre el negro playo.” Dog with a Blog, “la serie en la que un perro tiene un blog.” Ninguna de esas descripciones es falsa. Simplificar es, frecuentemente, inevitable. Sin embargo, gran parte de la belleza de su especificidad, de la vitalidad de sus personajes, se pierde en las palabras clave (I think that specificity is much more important to me now than it was then). No siempre vamos a ser capaces de percibir la representación de todas esas particularidades (the way people’s skin is always shiny—we told the makeup guy: no powder, we need sheen), algunas de ellas alejadas de nuestras experiencias cotidianas o nuestro conocimiento. Pero ninguna historia es totalmente ajena a nadie (que nos interese o no verla es otro asunto), y la fuerza de muchos momentos es innegable. Como la tensión sexual, el anhelo silencioso, presentes en las excepcionales últimas escenas de Moonlight, cuando Chiron se reencuentra con Kevin (André Holland). Jenkins chocando con Wong Kar-wai. How small is the world.

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