tres del mes: noviembre, 2016

Tres películas, especiales de comedia o series que vi durante el mes anterior. No es un top tres, necesariamente. Tres por la rima fácil, porque hay que frenar en algún lado, y por las veces a la semana que me pregunto si mi consumo cultural es muy gringo-céntrico (respuesta: obvs, whatevs).

Class Divide (2016, Marc Levin)

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I hate money. I hate, hate, hate, hate, hate money.

You may have students who experience feelings of insecurity or discomfort around the topics raised by Class Divide, such as poverty, entitlement, inequality, socioeconomic class, and family, advierte una guía de discusión para el tercero en una trilogía de documentales desarrollada para HBO por el director Marc Levin, junto con la productora Daphne Pinkerson. En Schmatta: Rags To Riches To Rags (2009), la historia del Garment District en Manhattan permite considerar la trayectoria de los movimientos sindicales, desde sus orígenes hasta su enfrentamiento con ciertas realidades desafiantes (automatización, globalización, externalización, entre otras). A partir de las experiencias de varias personas desempleadas, Hard Times: Lost on Long Island (2012) muestra el impacto material, psicológico y social de la crisis económica del 2008. Finalmente, Class Divide se enfoca en las desigualdades económicas en Chelsea, usando como ejemplo el contraste entre dos espacios separados por una calle: Avenues: The World School y Elliott-Chelsea Houses. Con un enfoque distinto en cada parte, la trilogía de Levin resalta las experiencias cotidianas que resultan inseparables de cambios económicos o urbanísticos a mayor escala. Resalta, así, el vínculo entre biografía e historia.

A nivel histórico, un sitio protagónico de Class Divide es el High Line, parque ubicado en una red ferroviaria elevada que, construida cerca de 1930 para eliminar tráfico peligroso de las calles de Nueva York (mención especial a los West Side Cowboys), cayó en desuso en 1980. Casi veinte años después, Joshua David y Robert Hammond fundaron Friends of the High Line, con la intención de conservar la infraestructura como espacio público, en oposición a quienes preferían demolerla,  bando que incluía a algunas empresas inmobiliarias que luego sacaron provecho a la renovación del área. Desde la apertura del primer tramo del parque, en el 2009, ha aumentado a ritmos inesperados la cantidad de inversiones millonarias en Chelsea y, con ellas, el costo de vida en la zona. Entre esas inversiones está Avenues: The World School, centro de enseñanza privado e internacional que a finales del 2012 abrió una sede frente a Chelsea-Elliot Houses, un proyecto residencial de interés social, con edificios construidos entre 1947 y 1964. Con algunos interludios históricos o noticiosos, el contraste socioeconómico es retratado principalmente por medio de entrevistas a personas (con énfasis en estudiantes jóvenes) que ocupan ambos espacios.

En cuanto a su estilo, el documental es bastante convencional (entrevistas con personas relevantes, muchas tipo talking head; imágenes históricas con narración). Su fuerza viene, entonces, tanto de la locación documentada como de las personas que participan, muchas de ellas carismáticas, dispuestas a discutir temas que podrían considerarse privados. Desde Yasemin—cercana a quienes llama “self-hating wealthy people”—con sus bienintencionadas e incómodas propuestas de encuentros entre clases sociales, hasta Rosa, de ocho años, con su forma efusiva de criticar la existencia del dinero. Tanto la historia del High Line—apreciado por millones de neoyorquinos o turistas; señalado por otros como un ejemplo más de tendencias globales de gentrificación, “urbanismo zombie” e inversiones inmobiliarias desapegadas de los intereses comunitarios—como las entrevistas presentadas permiten considerar, en una escala algo reducida, la complejidad de la desigualdad económica en su relación con el espacio urbano. Una complejidad que no puede reducirse a responsabilizar de forma individual a las personas por su trayectoria económica (la idea del “self-made man” es falsa y dañina, aunque sea compartida tanto por quienes han logrado obtener millones como por quienes sueñan con hacerlo). Class Divide no cae en la tentación de ofrecer una conclusión simple, alentadora. Más bien, el breve recuento de los protagonistas al final del documental, que incluye el hecho de que Rosa no fue aceptada a Avenues, recuerda la insuficiencia de esfuerzos caritativos o individuales frente a disparidades tan hondas. (Ver documentales, en cambio, ayuda montones.)

Insecure (2016, Issa Rae y Larry Wilmore)

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They’re having secret white meetings and sending secret white emails.

Nada más universal que sentirse cómodo en el baño. Digamos. Para Issa—personaje creado e interpretado por Issa Rae, quien se dio a conocer en el 2011 con su web series Awkward Black Girl—hablar o rapear frente al espejo del baño funciona como válvula de escape, luego de todas las opiniones reprimidas durante el día (el personaje se describe a sí misma como “agresivamente pasiva”). La Issa de Insecure no se atreve a expresarse de forma honesta frente a sus compañeros de trabajo blancos, muchos de los cuales parecen considerarla una encargada oficial de responder sus dudas sobre “cultura negra” (Issa, what’s on fleek?). En cambio, la vemos en escenarios imaginados, expresándose sin reservas, o escuchamos lo que realmente está pensando. Tanto la Issa real como la ficticia son mujeres veinteañeras, negras e incómodas socialmente, pero solo una de ellas tiene un contrato con HBO. Así, Insecure se une a la camada de series como 30 Rock, Curb Your Enthusiasm, Broad City o Girls, cuyos protagonistas son versiones estancadas o exageradas (menos exitosas, menos asertivas, aún más incómodas) de sus creadores. De hecho, Rae admira series como Curb, que, en lugar de sacrificar su especificidad, confían en que existen audiencias capaces de disfrutar mundos desconocidos sin ser llevadas de la mano. I’m not Jewish, and there’s a lot of stuff that’s [culturally] specific to that show that I didn’t get, that I had to look up! And that’s fine—I still enjoyed the show. I feel that way about our show.

Mientras Awkward Black Girl tenía un tono más cercano a sitcom, acompañado por esa atmósfera de descoordinación (a veces entretenida) que es común en web series de bajo presupuesto, en Insecure el registro cómico es menos exagerado, y personajes como la jefa o la mejor amiga de Issa son, afortunadamente, mucho menos caricaturescos. Esto es especialmente afortunado porque permite la existencia de Molly (Yvonne Orji), un personaje encantador, cuya amistad cercana con Issa es uno de los puntos más fuertes de la serie. Otros puntos fuertes, que me permiten ignorar mi desinterés por algunas situaciones de la trama, son los pequeños momentos de liberación cuando Issa se expresa de forma menos filtrada (usualmente rapeando sola), y las siempre agradecidas selecciones musicales, elegidas con asesoría de Solange Knowles. En noviembre, HBO renovó Insecure para una segunda temporada. Ojalá ese voto de confianza disminuya la inseguridad de Rae sobre su posición laboral: I’m still, to a degree, scarred by the stuff I hated about working a 9-to-5,—dice Rae—Any time I feel like getting lazy or procrastinating in my current situation, I always think back to that. Bitch, do you want to still be at that 9-to-5? And I act right. Cierto como fuck.

Colin Quinn: The New York Story (2016, Jerry Seinfeld)

nystory
I go to the train now, 2:00 in the morning, it looks like a ski lift.

Look, you can argue for or against political correctness, but in comedy you can’t argue for it. Because whatever the standard is that people want, whatever is considered appropriate, the whole point of comedy is to go a little bit past that. That’s the point of it! […] I understand you want to be like that, but not with comedy. We’re off limits! How’s that work for everybody? I’m calling it now, we’re off limits. You can’t judge us! You can say we’re not funny, but you can’t judge us based on the normal standards of society. That’s it, declaró Colin Quinn en una entrevista sobre su más reciente especial de comedia. Hm. Es improbable que los debates sobre “corrección política” en comedia vayan a detenerse algún día. Algunos comediantes parecen sentirse cómodos señalando la supuesta hipersensibilidad de quienes los critican, sin reconocer su propia hipersensibilidad a la hora de ser criticados. Algunas personas parecen sentirse cómodas señalando carencias morales ajenas, con términos condenatorios usados tan frecuentemente que su significado se diluye (racista, homofóbico, misógino, etcétera). Es difícil saber cómo enfrentar ese debate. Por eso, decido no enfrentarlo. Solo reconozco su existencia, y paso al siguiente párrafo.

En The New York Story, Quinn habla sobre la historia migratoria de la ciudad, interesado en cómo la combinación de distintos grupos de personas—lenape, holandeses, ingleses, alemanes, griegos, irlandeses, judíos, italianos, puertorriqueños, negros sureños, rusos, dominicanos—llegó a formar la “actitud neoyorquina.” Por ejemplo, menciona la influencia de los judíos en la formación de sindicatos (I was going [to complain] anyway. Make it official). Los italianos, dice, llevaron el volumen a la ciudad, mientras los puertorriqueños llevaron la fluidez, al difuminar tanto las fronteras entre el interior y el exterior de los espacios residenciales, como las líneas entre la represión del catolicismo y la sexualidad (a lot of cleavage with a lot of crosses). El estilo de expresión de Quinn es atrapante, a pesar de su irregularidad. A veces no termina oraciones, habla de forma cortada y, de repente, suelta una frase memorable, como the listening skills of a good bartender and the unpredictable violence of a nun o, también, the pimps were lined up like Citi Bikes.

I’m framing [the material] so it’s all connected, rather than just ten minutes on race, ten minutes on my relationship, ten minutes on an idiot that I met on the train. Instead, I’m trying to connect everything, and it’s better for me. It clarifies material in my head. It brings back bits I never thought about for years, sometimes. Like I’m trying to make sense of the world, for myself. Justamente, esa unidad temática, así como la evidente relación personal con el material por parte de Quinn—criado en Park Slope, Brooklyn—son los puntos más fuertes del especial, con el cual el comediante continúa su interés por hacer shows unificados por un gran tema: la historia de la humanidad, en Long Story Short (2011) o las discusiones detrás de la constitución gringa, en Unconstitutional (2015). Llena de estereotipos filtrados por las experiencias y el ingenio de Quinn, The New York Story es una versión entretenida, distorsionada de la historia de esa ciudad. Versión que, sin temor a ofender o equivocarme, le recomendaría a todas las costarricenses de clase alta baja con ganas intermitentes de emigrar.

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