tres del mes: octubre, 2016

Tres películas, especiales de comedia o series que vi durante el mes anterior. No es un top tres, necesariamente. Tres por la rima fácil, porque hay que frenar en algún lado, y por la cantidad de veces que ignoré cada alarma ayer en la mañana.

The Royal Road (2015, Jenni Olson)

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It perfectly expressed my own childhood experience of simultaneously knowing and not knowing I was queer.

I crave the catharsis of narratives. Those contained portrayals of life that give us the vicarious desolation and heartbreak, inspiration and triumph we don’t even know that we need. It is in our own acts of storytelling that we must continue to try to evolve from false bravado into true courage. I continue to search for inspiration in the movies just like I did when I was little. I’m inordinately obsessed with the stories of others, seeking within them the key to sharing my own. Like Madeleine I’m captivated by the past, like Scottie I have often pursued the affections of unavailable women. And like Alfred Hitchcock I want to tell you a story about love and loss and San Francisco, that reveals more about me than I ever expected to say. Jenni Olson—directora, coleccionista, promotora e historiadora de cine, especialmente sobre temas LGBT—concluye con esas palabras The Royal Road, su más reciente documental ensayístico/de paisajes.

Extrañamente, compartir esa cita se siente como un spoiler. Parte del atractivo de películas como The Royal Road es dejarse llevar por el ritmo de las imágenes, por la cadencia en la que se nos van presentando anécdotas e ideas. Cada frase tiene su propio momento. En el caso de ambos largometrajes de Olson, las imágenes más recurrentes son paisajes exteriores urbanos alrededor de San Francisco. Mientras tanto, las voces—de Harriet “Harry” Dodge y Lawrence Ferlinghetti en The Joy of Life; de Olson, en The Royal Road—nos hablan sobre enamoramiento queer, historia californiana, cine, suicidio, identidad butch y Vértigo, de Hitchcock. Ritmo pausado, tomas largas de escenarios con poco movimiento, voiceovers tranquilos, entre otros elementos, se combinan para alterar nuestra apreciación un rato, si nos dejamos manipular por Olson. Sus manipulaciones van desde la ausencia de ciertos elementos contemporáneos en los paisajes (No Parking signs or new fangled parking meters, or billboards that convey nowness), para dar una impresión más atemporal, hasta la mencionada duración de tomas minimalistas: There’s this whole thing about conventions and being manipulated. I’m really just manipulating you in a different way. Which is to say, with this method I’m forcing you to slow down and just look at something. Look at the light. La intención de Olson es guiar la atención de la audiencia, por un lado, para que lentamente comencemos a apreciar cambios visuales minúsculos (so when a bird flies across the shot, or the light gets brighter or a puff of fog blows past it can actually take your breath away) y, por el otro, para que las imágenes no nos distraigan mucho de la narración.

La narración en The Joy of Life, durante una primera parte, refiere a una serie de relaciones románticas o sexuales de Olson con distintas mujeres (el título del guión original era Fuck Diaries), mientras la segunda parte nos relata algunos detalles de la historia de suicidios en el Golden Gate. Mark Finch, quien fue director del San Francisco International Lesbian and Gay Film Festival, así como amigo de Olson, se suicidó en 1995 lanzándose de ese puente, lo que interesó a la directora en unirse a la discusión pública sobre posibles medidas para disuadir suicidios en ese sitio célebre. En The Royal Road, también dividida en varias partes, el guión se ocupa de algunos otros enamoramientos (usualmente no del todo correspondidos) de Olson, la historia de colonización en California, con mención especial a Junípero Serra, y una defensa a la nostalgia. Ambos documentales dejan la sensación de una conversación callejera;  de hablar con alguien sobre una acera, frente a casas, bares, puentes. Ese alguien es Olson, pero no del todo. A pesar de que queda la impresión de que lo escuchado es confesional, los guiones combinan elementos autobiográficos con exageraciones o ficciones. Además, como buenas conversaciones, no necesariamente existe una trama rígida, solamente cierta noción de trayectoria.

Los documentales de Olson no nos ofrecen una narrativa en términos usuales. Pero nos permiten pensar, junto a la directora, sobre nuestra relación con las acciones de contar historias, o recibirlas, específicamente en cine. Para mí, al menos, las secciones más cautivantes son aquellas en las que Olson habla sobre películas que han marcado su vida. Con tomas de un barrio suburbano como acompañamiento, la narración nos relata su recuerdo de infancia de ver un monólogo de Shirley MacLaine en The Children’s Hour. De pequeña, Olson intuía, sin saber bien qué significaba esa intuición, que su sexualidad tenía algo que ver con la de las protagonistas. El impacto de lo audiovisual, por razones que no necesariamente lograríamos verbalizar. Particularly when, for me personally, I’m having a deep emotion or trying to connect, I will often use a reference to a fictional character or a fictional story to achieve that connection. It’s hard to be more direct emotionally. Amén.

L’avenir (2016, Mia Hansen-Løve)

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Having a Frankfurt School for Dummies on your bookshelf will come in handy when watching L’Avenir (Things to Come)

Nathalie Chazeaux (Isabelle Huppert) es profesora de filosofía. Al comienzo de la película, tiene una hija, un hijo, un esposo, una madre deprimida, un estudiante que es también amigo cercano y un par de proyectos en curso con una editorial. Al final, ha sufrido algunas pérdidas. Observar a Nathalie lidiar con distintos cambios en su vida, sin mucho melodrama, es enteramente satisfactorio, entre otras cosas gracias a la actuación memorable de Huppert, quien combina fuerza, vulnerabilidad, calidez e incluso cierta frustración no del todo escondida. También se debe al ritmo contemplativo, atrapante, de las imágenes; escenas que aportan a la trama, algo suelta, se presentan puntuadas por tomas cortas de paisajes. L’avenir es de esas películas que se sienten espaciosas, con pausas que permiten momentos de reflexión. Algunas veces uno piensa en uno mismo (obvio), a veces uno simplemente siente el placer de ver ramas de árbol moviéndose. Otras veces, ingenuamente, uno intenta imaginar estar en el lugar de la protagonista. En la escena inicial, durante una vacación familiar, Nathalie está revisando un ensayo de algún estudiante. Nos da tiempo de ver una pregunta en el papel: ¿Podemos ponernos en el lugar de los demás?

¿Cómo es una vida que vale la pena vivir? Nathalie—francesa, filósofa—convierte muchos sucesos en oportunidades para hacer preguntas. Ese espíritu inquisitivo es contagioso, y L’avenir presenta muchas posibilidades de cuestionamiento. O al menos así lo sentí una tarde en Cinépolis, con vodka en mi botella metálica ecoamistosa. Seguir a Nathalie es enfrentarse con distintos dilemas morales o individuales. Establecer límites más o menos satisfactorios entre el bienestar propio y el ajeno es moralmente desordenado, a veces agotador. Las preocupaciones sobre quienes queremos nunca desaparecen. Es cuestión de intentar que, al menos, nuestra madre depresiva no llame a los bomberos con falsas alarmas dos veces por semana, como sucede con Yvette, madre de Nathalie, interpretada de forma cálida por Édith Scob. ¿Cuánto (tiempo, esfuerzo) de uno mismo es razonable otorgarle a las demás personas? Aunque en ocasiones nos hacemos preguntas sobre nuestras vidas de forma general, abstracta, usualmente toman formas más mundanas. ¿Le contesto a mi mamá ese mensaje de texto? ¿Por qué insisto en escribir articulitos? ¿Cómo hago para disminuirle un poco la depresión a mi abuela? ¿Cómo es una vida que, para mí, vale la pena vivir?

En sus veinte, Mia Hansen-Løve encontró en la dirección de cine una vía para canalizar muchas de sus preocupaciones. When I was 20dijo en una entrevista reciente—I felt so disconnected from the world, so melancholic. And to find this activity that allowed me to deal with all that and get me back into the world – I’m still so amazed by that. I don’t have the words to say how happy that makes me. It saved my life. I mean, I know other people probably say that. But for me it is true. En Le père de mes enfants (2009), cuando un evento trágico llega, las acciones continúan sin mucha bulla o interrupción (His death doesn’t nullify his life. It’s just one thing among many). En Eden (2014)quizás el largometraje que menos me ha interesado de la directora—, la relación entre Paul (Félix de Givry) y Louise (Pauline Etienne), a pesar de que se prestaría para una historia de desamor algo intensa, es abordada con una delicadeza conmovedora. En las películas de Hansen-Løve, donde las ocupaciones y los oficios de las personas son centrales, gran parte del interés está puesto sobre los momentos cotidianos que rodean ciertos “eventos importantes.” Atestiguamos cómo las personas manejan su vida gracias o a pesar de esos eventos, presentados con una verosimilitud minimalista, detallada, entretenida. Ahora, lloremos un rato dentro del carro.

San Junipero (2016, Owen Harris)

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Optimismo futurista. Los brazos de Davis.

¿Cuáles episodios de Black Mirror “funcionan”? ¿Por qué? Muchos de los episodios de la serie ofrecen al menos una imagen o idea que permanece con uno, sin importar que la trama sea en términos generales aburrida, o que no exista una conexión emotiva con los personajes. Mis episodios preferidos de esta serie de antología, creada por Charlie Brooker en el 2011, son los que, en lugar de irse por el camino del thriller político o de las tramas tensas con grandes revelaciones, optan por enfocarse más en la exploración de relaciones interpersonales, usualmente íntimas, en espacios reducidos: Million Merits, The Entire History of You, Be Right Back, Nosedive y San Junipero. Entre esos, San Junipero ocupa un lugar especial. Un amigo me escribió, vía WhatsApp (aplicación preferida para enamorarse en Latinoamérica), que mientras veía el episodio no podía evitar pensar que había sido “market-testeado” para mí. Entendible. Viejitas, una pareja interracial de mujeres, pantalones altos, Mackenzie Davis. Varias de mis áreas de interés están fuertemente representadas en San Junipero, escrito por Brooker, con dirección de Owen Harris. Deben ser intereses comunes.

Mejor aún, esos intereses se combinan dentro de un mundo intrigante que, a pesar de una fachada inicial de verosimilitud, comienza a mostrar señas de misterio. La razón de ser de San Junipero, algunas de sus reglas y ciertos conflictos morales, van presentándose gradualmente durante los (muy bien utilizados) sesenta minutos de duración. El episodio comienza en la primera noche de Yorkie (Mackenzie Davis) en San Junipero. Sin embargo, ella tiene más información que la audiencia sobre la naturaleza de ese espacio. De repente, vemos a Yorkie habitando distintas épocas para encontrar a Kelly (Gugu Mbatha-Raw), con quien tuvo una conexión romántica en los ochenta. Una semana después, Yorkie está en los noventa. La siguiente semana, aparece en los infames aughts. Notamos las distintas épocas gracias a las fuentes de los intertítulos, a la música que se escucha en el bar, a las máquinas de videojuegos y a la ropa de los personajes, entre otros detalles que nuestra familiaridad con la cultura occidental (especialmente gringa) nos permite identificar.

Con su combinación de fuerza estética (los colores, uso de sonido, actrices e iluminación son especialmente bellos) sumada a situaciones que nos permiten filosofar sobre usos de tecnología mientras esperamos que cargue el siguiente episodio (puta Tigo), San Junipero es Black Mirror funcionando en su máxima potencia, a pesar de que no es un ejemplo particularmente representativo. Una de las características recurrentes de la serie ha sido explorar los aspectos más deprimentes o desesperanzadores de nuestra especie en este siglo. Las personas somos defectuosas. Ciertos avances tecnológicos seguramente nos permitirán perpetrar nuestros defectos de formas intensas e imprevistas, parece decirnos la mayoría de los episodios. En cambio, a pesar de cierta melancolía (memento mori, etc.), la atmósfera de San Junipero es menos pesimista que el resto de la serie. Esto fue intencional. Brooker quería ir en contra de su propia fórmula, así como de las expectativas de la audiencia (to upend the notion of what a Black Mirror episode was). El resultado es una historia de amor enternecedora, estéticamente pura. Sin importar cómo interpreten el final.

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