tres del mes: setiembre, 2016

Tres películas, especiales de comedia o series que vi durante el mes anterior. No es un top tres, necesariamente. Tres por la rima fácil, porque hay que frenar en algún lado, y por los trabajos de no ficción presentes en la lista de las cien mejores películas del siglo veintiuno, recientemente publicada por la BBC.

Titicut Follies (1967, Frederick Wiseman)

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Titicut Follies introduces many themes to which Wiseman would return, including institutional processing and the examination of a particular institution as social microcosm.

En 1961, Erving Goffman, representante de las ondas del interaccionismo simbólico y la teoría del etiquetamiento, publicó Asylums: Essays on the Social Situation of Mental Patients and Other Inmates, un libro en el que, entre otras cosas, acuñó el término institución total, con el que buscaba caracterizar espacios como hogares para ancianos, psiquiátricos, campos de concentración, barcos, monasterios, entre otros. En 1966, Frederick Wiseman grabó muchas horas dentro de una de esas instituciones: una prisión en Bridgewater, Massachusetts, en la que se confinaban hombres considerados criminally insane, delincuentes defectuosos, alcohólicos, drogadictos, desviados sexuales u ofensores juveniles. Luego de meses de edición, los ciento veinte metros de material grabado (I generally use about three percent of the material shot) resultaron en el primer documental de Wiseman, bautizado Titicut Follies en honor al nombre de un show de variedades que preparaban anualmente tanto reclusos como miembros del personal de Bridgewater (Titicut es el nombre indígena de esa zona geográfica).

Durante los primeros minutos, después de un vistazo algo fantasmal a uno de los actos del show de variedades, vemos al Dr. Ross entrevistar a un hombre joven. Sin dejar de fumar, el doctor hace preguntas sesgadas e ininterrumpidas, sin dar suficiente tiempo para recibir réplicas, y emite juicios sobre la (ausencia de) normalidad de su paciente-recluso. Cuando este dice que necesita ayuda, pero no sabe donde encontrarla, el doctor ofrece una respuesta bastante poco alentadora: Well, you get it here, I guess. Desde estos primeros momentos comienza a relucir el interés de Wiseman por retratar a las personas de cerca (What is the significance of the words people use, the relevance of tone or changes of tone, pauses, interruptions, verbal associations, the movement of eyes, hands, and legs?), sin importar el contenido de sus conversaciones o el estado de sus cuerpos (varios hombres aparecen desnudos, en situaciones penosas). En palabras de Bill Nichols: Wiseman disavows conventional notions of tact, breaking through what would otherwise be ideological constraints of politeness, respect for privacy, queasiness in the face of the grotesque or taboo, the impulse to accentuate the positive […] Wiseman’s ‘tactlessness’ allows him not to be taken in by institutional rhetoric; it helps him disclose the gap between rhetoric and practice. But this lack of tact also pulls Wiseman’s cinema toward the realm of voyeurism.

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Total institutions claim to be concerned with rehabilitation, that is, with resetting the inmate’s self-regulatory mechanisms so that he will maintain the standards of the establishment of his own accord after he leaves the setting.

Como sucede con algunos documentales, ubicarse en el rol de espectadora produce cierto conflicto moral. Si bien Wiseman consideraba que una mayor conciencia sobre las condiciones en esa prisión podría desencadenar en mejoras (saw opportunities in the documentary tradition of social indignation), verle el culo a un señor angustiado sesenta años después de la grabación no deja de producir cierta inquietud.  A pesar de la insistencia de Wiseman de que todo documental es también ficción (reality dreams o reality fictions, términos que el director usaba en serio o en broma), lo cierto es que la Mancomunidad de Massachusetts consideró que las imágenes en Titicut Follies eran suficientemente reales y perturbadoras como para restringir su exhibición. To watch films is often to feel that we are seeing deeply into other people’s private experiences. In the Titicut Follies case, the issue of invasion of privacy became a legal issue; in all direct cinema it is an ethical and aesthetic issue. El documental comenzó discusiones, a veces combativas, sobre el consentimiento, un procedimiento burocrático e imperativo ético complejo, especialmente en ambientes donde la “capacidad” de las personas para aceptar o denegar contratos no siempre es clara. Durante las grabaciones, la mayor parte de los supuestos acuerdos se hizo de forma oral, o de manera implícita, con base en criterios personales de Wiseman, como dejar de filmar a un recluso si este expresaba rechazo a la cámara por medio de gestos (waving away the camera, putting a hand over the face, turning around, turning a coat collar up).

Tomando algo de distancia de los tormentos legales o morales del documental, el estilo de Titicut Follies llama la atención, entre otros aspectos, por la ausencia de narración (recurrente en las obras posteriores de Wiseman). Sus imágenes, grabadas en blanco y negro, son memorables e impactantes tanto por su contenido como por su composición. No necesitan acompañamiento de datos o explicaciones; los mensajes visuales son suficientes, como sucede con la contraposición de imágenes de un hombre siendo alimentado forzosamente con otras del mismo hombre siendo preparado en la morgue. Wiseman, en el prefacio de un libro en el que se presentan transcripciones de cinco de sus documentales, escribe: The structure must create the illusion, even if it is temporary, that the events seen in the film occurred in the order in which they are seen on the screen. In this way, the form of my documentaries can be called fictional because their structure is imagined and therefore may resemble plays or novels, the more traditional dramatic forms. Frente al retrato frustrante, triste e incómodo de la mierda que mucha gente ha aguantado, dejarse llevar por las ilusiones de Titicut Follies es algo difícil. Pero. Ehm.

Los Sures (1984, Diego Echeverría)

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I’ve been on welfare. I’m them — at another level.

En 1984, la gentrificación ya era un tema recurrente en Nueva York (The Lower East Side — There Goes the Neighborhood). Pero no en Los Sures. Ahí, la mayor parte de la población estaba compuesta por puertorriqueños o dominicanos cuyas condiciones socioeconómicas eran unas de las peores de la ciudad. Aunque Diego Echeverría—productor de televisión que nació en Chile pero se crió en Puerto Rico—no vivía en aquel Southside de Williamsburg, sentía una conexión con los habitantes de la zona, y decidió grabar fragmentos de las vidas de cinco de ellos durante aproximadamente un mes de 1983. Tito, un veinteañero simpático que vendía partes de carros robados, padre de una niña. Marta, a quien vemos acompañada por sus cinco hijas, quienes hacen comentarios burlones sobre las diferencias entre productos de marcas reconocidas o genéricos. Ana María, una señora mayor que permite que seamos testigos de algunos momentos de su espiritualidad/espiritismo. Cuso, un carismático contratista misceláneo que creció en Los Sures. Y Evelyn, una trabajadora social extremadamente comprometida con sus vecinos. This is the old Williamsburg, back in the day, before it was synonymous with white expansionism and became grist for trend stories about beards, brew pubs and organic toys for pets.

Un año después, Los Sures, el documental resultante, debutó en el New York Film Festival, y a inicios de 1985 fue transmitido en PBS. Todo sin generar mucha bulla, hasta hace poco. Décadas después, UnionDocs, una organización basada en el sur de Williamsburg, se encargó de revitalizar el documental. No solo restauró una de las copias existentes, para preservarlo y que pudiera ser exhibido nuevamente, sino que también desarrolló Living Los Sures, una serie de obras audiovisuales que rescatan historias de distintas personas sobre su barrio, ahora o en 1983. Entre esas obras, están documentales cortos como Álvaro, donde vemos la rutina de un hombre que guarda la esperanza de que al menos los gatos callejeros que pasa sus días alimentando se acuerden de él cuando muera; The Sauce, que incluye conversaciones con figuras importantes de la salsa neoyorquina; y Division Avenue, diez minutos de tomas hipnóticas de la Brooklyn-Queens Expressway, acompañadas por sonidos o silencios algo tensos de fondo. Entre muchos otros. Los Sures: Shot by Shot permite que algunos habitantes longevos del área agreguen sus recuerdos sobre el documental original. Y en 89 Steps, un corto interactivo, resurge Marta, testigo de muchos cambios que acontecieron tanto en el barrio como en el apartamento que una vez compartió con sus cinco hijas y que ahora, triste pero comprensiblemente, quiere poner a la venta. Permanecer o irse han sido fuente de inquietud por décadas. Treinta años antes, frente a la cámara de Echeverría, Marta se cuestionaba las posibles implicaciones de mudarse. I don’t feel a need to leave Williamsburg to solve my problems. Where would I go?”

Por sí sola, Living Los Sures es una iniciativa bastante interesante sobre los aspectos más personales de grandes transformaciones urbanas. Sin embargo, el principal foco de atención lo sigue mereciendo el trabajo de Echeverría (el cual estuvo disponible en Mubi durante setiembre). Los Sures es llamativo no solo por las personas y los lugares que documenta, sino principalmente por la forma en que lo hace. Echeverría buscaba alejarse de ciertos estilos más tradicionales de documental, con los que estaba familiarizado por su trabajo como productor en televisión (en CBS News, por ejemplo). Al igual que Wiseman, Echeverría decidió dejar por fuera una voz en off que acompañara las imágenes. We didn’t want to make a talking heads movie, decía Wiseman sobre Titicut Follies. Aunque en Los Sures de repente sí aparecen talking heads, son los mismos protagonistas en sus ambientes usuales, comentando un poco sus preocupaciones del momento. Las tomas restantes se ocupan del tipo de detalles y rutinas que le dan forma a cada etapa de nuestras vidas, en ocasiones mostrando momentos bastante íntimos (We found five wonderful people who allowed us into their world without any conditions, knowing that they would be revealing very personal aspects of their lives). Me pregunto si firmaron consentimientos informados.

Best in Show (2000, Christopher Guest)

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We have so much in common. We both love soup and snow peas, we love the outdoors, and talking and not talking. We could not talk or talk forever and still find things to not talk about.

Dos yuppies con frenillos que se conocieron en Starbucks (interpretados por Parker Posey y Michael Hitchcock), padres de un Weimaraner que va a terapia. Un hombre (Christopher Guest), acompañado por su Bloodhound, experto en nueces y aficionado del ventriloquismo. Una pareja de hombres (John Michael Higgins y Michael McKean) casi tan sofisticados como sus Shitzus, a quienes ponen a recrear escenas de películas hollywoodenses clásicas para un calendario. Una familia compuesta por un esposo (Eugene Levy) al que le costó aprender a caminar en línea recta, una esposa con un pasado sexual bastante activo (Catherine O’Hara) y un Norwich Terrier que inspira canciones. Y una mujer algo zopenca (Jennifer Coolidge), casada con un millonario aparentemente senil, que se enreda en una relación tensa con la entrenadora (Jane Lynch) de su Standard Poodle. Con un estilo de documental falso (mockumentary), Best in Show comienza presentándonos a esa plétora de personajes, caso por caso, en sus hábitats naturales, mientras se preparan para asistir al Mayflower Kennel Club Dog Show, en Philadelphia. Cuando finalmente llegan al ambiente del evento, las distintas personalidades deben interactuar.

El humor que resulta de ese gentil encuentro de culturas (a collision of lifestyles) se debe, en gran parte, al esfuerzo de los actores involucrados. Con base en un esbozo de pocas páginas, escrito por Guest y Levy, en el que se indicaban los puntos narrativos más importantes, cada actor improvisó los diálogos que aparecen en la película (muchas veces capturados en la primera toma). Para evitar que la improvisación se descarrilara mucho, aparte de usar como guía el sentido general de la trama planificada, los actores se tomaron bastante en serio el proceso de preparación, pensando en cuáles detalles les darían vitalidad y especificidad a sus personajes, siempre con una preocupación de balancear verosimilitud con entretenimiento. Con el fin de acercarse a la frecuencia mental de los Swan (avid catalog shoppers), Hitchcock y Posey se reunían en Starbucks o Banana Republic para conversar sobre sus productos preferidos. Ed Begley Jr., quien interpreta a un hotelero encargado, trabajó con funcionarios de hotel para aprender sobre productos de limpieza y procedimientos de reservación. Para representar a uno de los jueces del show, James Piddock fue a concursos de perros, vio videos del Westminster Dog Show y leyó la biblia del American Kennel Club  durante semanas antes de dormir (It’s one of the most boring books ever published in the Western hemisphere). Además, tanto Guest como el diseñador de producción, Joe Garrity, lograron que expertos participantes en concursos de perros se involucraran en el proyecto, como consultores o actores de fondo.

Dos importantes puntos de encuentro, relacionados entre sí, unifican gran parte de las obras de Guest: Waiting for Guffman (1997), A Mighty Wind (2003), For Your Consideration (2007) e incluso Family Tree (2013). El primero es la recurrencia de miembros del elenco, varios de los cuales comenzaron sus carreras participando en grupos de comedia e improvisación renombrados, como Second City (O’Hara, Levy, Willard, y Lynch), The Groundlings (Hitchcock y Coolidge) o National Lampoon (Guest). Relacionado con esas trayectorias cómicas de sus participantes, un segundo punto común es el interés por capturar una gran variedad de personalidades distintas, reconociendo sus aspectos llamativos (motivaciones secretas, debilidades incorregibles). Los proyectos de Guest combinan verosimilitud y empatía con una sensación de juego contagiosa, que lleva a que se produzcan horas de material que luego requiere meses de edición. Si bien para algunas personas el documental falso ha perdido potencia, lo cierto es que siempre es bueno volver a Best in Show, uno de los mejores representantes del formato. Formas de vestir, hablar, relacionarse con el mundo—la emoción por representar aquello que hace distintiva, graciosa e interesante a una persona se transmite en cada escena de la película. Yes, it is just people talking, but that is just as exciting to me as a big wave.

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