tres del mes: agosto, 2016

Tres películas, especiales de comedia o series que vi durante el mes anterior. No es un top tres, necesariamente. Tres por la rima fácil, porque hay que frenar en algún lado, y por la cantidad de opciones de ataque en jankenpón.

The Killing of Sister George (1968, Robert Aldrich)

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Not all girls are raving bloody lesbians, you know.

Applehurst es una telenovela (tipo EastEnders) que ha acumulado décadas siendo transmitida por la BBC. Una de las actrices que lleva más años poblando ese mundo ficticio—donde los personajes, bonachones, hablan a punta de dichos populares—es June Buckridge (Beryl Reid), quien interpreta a Sister George, muy querida por la audiencia. Hasta el momento, al menos. Porque ni las novelas más apacibles son inmunes a cambios drásticos. Luego del fallecimiento de algunos personajes, June comienza a preocuparse sobre su futuro en Applehurst. Incapaz de manejar razonablemente su angustia, June se emborracha, acosa a monjas en la calle y se desquita con su pareja, Alice McNaught (Susannah York), muchos años menor que ella, a quien apropiada pero incómodamente apoda Childie. La relación tortuosa, agresiva, que ambas comparten (I show my contrition. I eat the butt of your cigar), empeora junto con el estado de ánimo de June, para quien parece imposible imaginar una vida sin Sister George, personaje con el que ha entrelazado su propia identidad al punto de que en ocasiones es difícil distinguirlas (muchas personas, incluyendo Alice, la llaman George). A pesar de los momentos en que la película busca que nos compadezcamos de ella, lo cierto es que June es un personaje bastante desagradable. Hiriente, controladora, grosera. Y, aparte de todo, lesbiana (escandaloso, para estándares de 1968).

De hecho, The Killing of Sister George fue uno de los primeros largometrajes hollywoodenses en tener como personajes principales a mujeres no heterosexuales, y el primero en grabar una escena dentro de un bar de lesbianas. Además, fue producido por personas con muchas ganas de reclamar esos puestos de largometraje “sin precedentes.” Entre otras razones, por la utilidad de ese estatus “pionero” para fines publicitarios. Más entretenidas que las quejas sobre la supuesta representación negativa de lesbianas en The Killing of Sister George, son algunas de las anécdotas detrás de la realización de la película, casi tan incómodas como ciertas conversaciones que se tuvieron en mi familia hace cuatro décadas (Mirá, tu tío es maricón, pero igual es buena gente y parece que no quiere violarte). En algún punto, por ejemplo, Aldrich consideró la posibilidad de contratar a una Lesbian Technical Director, para recibir ayuda estableciendo relaciones con algún bar de lesbianas “auténtico” que pudiera funcionar como locación (Gateways, en Londres, fue el ganador). Mientras Aldrich perseguía su noble causa de “autenticidad,” York sufría por su “valiente” interpretación: Apparently, the intense lesbian sex scene she had to play with Coral Browne (as Mercy Croft) so unnerved her that she frequently ran from the set in tears. Aw. Escándalos anticuados aparte, The Killing of Sister George es una entretenida cápsula de tiempo, con actuaciones histriónicas apropiadas para el material (basado en una obra de teatro homónima escrita por Frank Marcus). Mooo!

Cinemania (2002, Stephen Kijak y Angela Christlieb)

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I don’t know. I should live in a tropical climate, but I don’t know of any cities in tropical climates that have good film opportunities.

¿Cómo elegir cuáles películas ver cuando la oferta (neoyorquina) es de proporciones casi inmanejables? Hay que tener un sistema. Recolectar programas, hacer listas, descartar los lugares cuya calidad de proyección no es adecuada, revisar las listas, descartar de nuevo. Sufrir por lo no visto. ¿Cómo elegir cuáles cosas empacar para salir del apartamento hacia un día dedicado al cine? Hay que tener claras las necesidades personales. Abrigo, pastillas para alergias, un libro para los ratos de espera, comida. Ojalá el bulto no quede muy pesado. ¿Cómo elegir el mejor asiento en el cine? Hay que llegar temprano, primero, para poder escoger según las preferencias desarrolladas durante años. Tener una vista sin obstrucciones es clave. Y más vale que nadie con palomitas se siente a la par. ¿Cómo financiar una vida que permita tanto consumo de cine? Hay que aprovechar cualquier ayuda disponible; solo las personas inseguras se avergüenzan por recibir herencias o asistencia estatal. También es útil prepararse para hacer ciertos sacrificios, como buscar una ocupación que no quite mucho tiempo mientras aquel excompañero de universidad se dedica a construir una “carrera.” Estos son apenas algunos de los innumerables dilemas a los que personas como Eric Chadbourne, Harvey Schwartz, Bill Heidbreder, Roberta Hill o Jack Angstreich deben enfrentarse constantemente. I guess most people would say that they should have my problems, concluye Jack al respecto.

Cinemania, dirigido por Stephen Kijak y Angela Christlieb, es un documental sobre cinco cinéfilos obsesivos que ven, como mínimo, dos películas diarias en salas de cine alrededor de Nueva York. Unos privilegian fuertemente ciertos géneros, mientras otros tienen gustos más espaciosos; dos consideran que la pantalla grande es el único medio apropiado, mientras otros pasan tardes enteras viendo comedias mudas en televisión. A este tipo de preferencias estéticas se suman otras idiosincrasias de cada protagonista, muchas relacionadas con sus rituales de apreciación de cine. Aunque Kijak y Christlieb merecen felicitaciones por la elección de protagonistas (y por la gran canción utilizada durante los créditos iniciales), ciertos intentos de adornar el documental con encuadres o cortes llamativos no solo no agregan nada valioso, sino que parecen perder de vista e incluso distraer justamente de su mérito principal: las cinco personalidades distintivas elegidas, cuyos monólogos (It wouldn’t be enough to make love to Rita Hayworth. You would want to be able to make love to her in black and white) e interacciones serían suficientes para sostener la atención. De hecho, una muy buena secuencia del documental tan solo muestra a Harvey y Jack sentados en un sillón, con un énfasis en sus reacciones y expresiones faciales mientras ven películas. Al final de Cinemania, uno queda con ganas de que los directores hubieran utilizado tomas más largas, así como con la curiosidad de saber cuánto material memorable quedó fuera del (breve) producto final. It should be a miniseries.

Nobody Knows (2004, Hirokazu Koreeda)

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Guess Yuki…grew.

Hace algunas semanas, luego de una proyección de No tengas miedo, algunas personas en la audiencia de Preámbulo compartieron dudas o comentarios con el director, Montxo Armendáriz. Uno de los comentarios fue un elogio a que el largometraje, cuyo tema principal son las consecuencias del abuso sexual infantil, evite ser panfletario. Entre la audiencia, una señora nunca había escuchado esa última palabra, así que alzó la mano para confirmar: Viendo la película, no odié a nadie. ¿Por eso dicen que no es panfletaria? Ese resumen dudoso del término me hizo mucha gracia y lo recordé cuando, pocos días después, decidí ver Nobody Knows, película dirigida por Hirokazu Koreeda e inspirada en un caso célebre de abandono infantil en Sugamo, Japón. Al centro de la complicada situación está Keiko Fukushima, la madre que deja a sus cuatro hijos a cargo del mayor de ellos, Akira, quien tiene apenas doce años. A pesar de todo, Keiko es la adulta más presente en sus vidas (todos son de padres distintos, dos mostrados brevemente). Koreeda no quiere que la odiemos. Esto queda tan claro dentro de su película, que se toma en serio la soledad e insatisfacción del personaje, como en entrevistas: I also wanted to avoid giving the audience the impression that the character was a bad mother and that everything that happens is her fault. If the audience would have that impression, then the result would be the same as the media coverage of the affair that inspired the film.

Nobody Knows comienza con la mudanza de Keiko y sus hijos a un nuevo apartamento. Akira es el único presentado a la pareja de caseros, quienes prefieren que no haya niños pequeños en su edificio. Afortunadamente (digamos), la existencia de Kyōko, Shigeru y Yuki es fácil de esconder: en contra de sus deseos, no asisten a ningún centro educativo, ni salen a pasear. Eventualmente, Keiko decide mudarse con un novio reciente, dejando a sus hijos con algo de dinero y promesas cuestionables de que algún día los llevará a vivir con ella. Koreeda aborda los eventos con ligereza. Se enfoca en detalles cotidianos (no por eso insignificantes) en las vidas de los personajes: un juego en familia cuando la madre todavía los acompaña, Akira haciendo las compras, el desorden creciente dentro del aprisionante apartamento, pintura de uñas, equipaje. La falta de sentimentalismo—en las imágenes, la música, las reacciones de los personajes—hace que el impacto de los hechos llegue lentamente, pero con una potencia que permanece con uno (en ese sentido, recuerda a La Influencia, de Pedro Aguilera, quien reconoce ciertas similitudes entre ambas películas). Si bien gran parte de los encuadres no demanda mucha atención, quizás los más llamativos son algunos planos generales que, grabados desde alturas considerables, recuerdan la situación de aislamiento e indefensión de los niños Fukushima. Principalmente Akira, encargado de preocuparse por el bienestar de su familia: sus tres hermanos.

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Superior izquierda: After Life. Superior derecha: Still Walking. Inferior izquierda: Like Father, Like Son. Inferior derecha: Our Little Sister.

Justamente, un tema recurrente para Koreeda es la familia (painful “family dramas”). Su visión de ese concepto es expansiva, intencionalmente heterogénea: I think families are priceless but troublesome. I try and make films that get both sides of that across. En Still Walking (2008)—con elementos autobiográficos del director—muestra los rituales de la familia Yokoyama, que se reúne anualmente para conmemorar a uno de sus miembros, quien murió quince años antes. Además de cocinar maíz, esos rituales incluyen criticarse, revelar secretos ajenos y desear que el día se acabe. Porque la tensión, latente o explícita, es una de las tradiciones familiares más antiguas. En Like Father, Like Son (2013), un hospital llama a distintas familias para admitir que hace unos años se cometieron asignaciones incorrectas de recién nacidos, quienes fueron entregados a padres que no eran los suyos (en ese momento, al menos). Entre ellos, estaban Keita (Keita Ninomiya) y Ryusei (Shôgen Hwang), criados en contextos socioeconómicos dispares por familias que, luego de recibir la notificación del error, enfrentan y cuestionan la importancia otorgada a lo biológico.

Our Little Sister (2015), basada en una serie de manga, tiene como protagonistas a cuatro hermanas: Sachi (Haruka Ayase), Yoshino (Masami Nagasawa), Chika (Kaho) y Suzu Asano (Suzu Hirose). Las tres primeras invitan a su media hermana Suzu a vivir con ellas, luego de conocerla en el funeral de su padre. Lo que sigue es un despliegue de simpatía tan enorme que parece que casi todos los personajes están compitiendo por ser el más fácil de querer. Hasta Kazuya Shiina (Shinichi Tsutsumi), aparentemente incapaz de lavar sus propios putos platos, es un personaje agradable. Finalmente, a pesar de que lo familiar no es tan central en After Life (1998)—ambientada en un espacio de transición después de la muerte, donde las personas deben elegir un recuerdo para revivirlo eternamente, porque en eso consiste el Cielo—la importancia de experiencias compartidas con familiares aparece en las conversaciones de las personas (algunas actores, muchas otras sin experiencia en actuación, quienes hablan sobre recuerdos propios, siguiendo el estilo documental que interesa a Koreeda). Además de ese interés temático general en las familias, estas películas—incluso las más alegres—comparten un tono algo melancólico, bastante contemplativo. Porque Japón.

Sin intención de ignorar la puesta en escena ni otros elementos estéticos—la belleza de algunas tomas, o el uso de la música, a veces algo melosa—, admito que el principal encanto de las películas de Koreeda lo encuentro en las actuaciones: desde la forma particular de cada personaje para expresar el diálogo, hasta sus gestos, quizás mínimos pero cargados de sentido. Por eso, los ambientes creados por Koreeda, especialmente en el caso de Our Little Sister, me hacen pensar en la descripción de hangout movies (ver también: hangout show) expuesta por Larissa McFarquhar: movies whose plot and camerawork you may admire but whose primary attraction is the characters. A hangout movie is one that you watch over and over again, just to spend time with them. Aunque sospecho que no voy a ver los anteriores largometrajes de Koreeda una y otra vez, durante las últimas semanas he estado pensando en muchas de sus imágenes: expresiones faciales memorables, momentos de conexión entre personajes, cementerios japoneses. No es un jangueo estrictamente voluntario (las imágenes suelen aparecer de repente, sin ser invitadas), pero agradezco la compañía.

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