químicos.

Una de mis hermanas trabaja en un hotel donde personas con mucha plata van a rodearse de árboles, calles no pavimentadas y el persistente aliento de la Mona. El hotel está ubicado en una playa guanacasteca donde reinan el helado de albahaca (delicioso), las opciones vegetarianas, los centros de yoga, la palabra “orgánico,” las casas en construcción diseñadas por arquitectos europeos, el consumo disimuladamente conspicuo (delicioso)—ese tipo de cosa. La queja más recurrente de sus huéspedes es que a los cuartos llegan bichos. ¿Podrían ir a mi cuarto a quitar las hormigas?, llegan a decir a la recepción (usualmente no en español). En mi cuarto hay polillas. (Una huésped cagó en un lavatorio durante un corte de agua en la zona, y luego fue a la recepción a anunciarlo. Eso no viene al caso, pero me persigue la imagen.)

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Fuente.

Es entendible que alguien no sepa si un tipo de hormiga es hostil o inofensivo. Y las polillas parecen guardar mucho odio en sus corazones (si es que tienen). Aun así, llama la atención esa coexistencia de deseos: el deseo de ir a un hotel rodeado de “biodiversidad” acompañado por el deseo de llamar a recepción cuando la “naturaleza” se pone confianzuda y se mete al cuarto. Y esa contradicción la compartimos muchas personas: Me puse a pensar en todas las veces que nos quejamos del lugar donde estamos y sus características inherentes a pesar de que por otro lado decimos amar la naturaleza. Decimos amar lugares a los cuales tenemos que ir con repelente, bloqueador solar, aire acondicionado, calefacción, ropa especial y demás, porque de lo contrario ni iríamos, dijo la fotógrafa Sara Mata sobre Diversidad, su exposición presentada en el MADC, en una conversación con Fernando Chaves.

Paisajes hipoalergénicos
Cero hormigas, cinco estrellas en Yelp. Fuente.

En esta economía, a veces sucede que la parte más intrigante de una obra es el discurso que la rodea, la explicación a la par de la imagen. En efecto, fue leer sobre Diversidad lo que me hizo querer visitarla, y no sé qué hubiera sentido al ver los paisajes hipoalergénicos de Mata sin tener en mente sus palabras. Pero lo cierto es que, pensando en nuestra extendida ambivalencia sobre la “naturaleza,” en las hormigas, en el repelente y en alguien muy desconsiderado cagando en un lavatorio (de nuevo, no viene al caso), las coloridas palmeras plásticas me hicieron mucha gracia. Y el humor está de nuevo presente, de forma aún más explícita, en las plantas plásticas con nombres científicos ficticios. Caladium Bicolor Ambiguum.

No me interesa ‘hacer conciencia’ ni mucho menos, dice Mata sobre su trabajo. Aunque respeto esa posición, me parece que hay hechos sobre los cuales es necesario concientizar. Por ejemplo: dos personas que han visitado a mi hermana han contraído hongos en la piel, ella ya tuvo su primer encuentro con la malicia del dengue y tiene un aire acondicionado pero casi nunca lo enciende. Piénsenlo bien antes de visitar a mi hermana.

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