the meaning, the message, the love, or whatever.

Hace pocas madrugadas, sentado en una banca de la Plaza de la Libertad de Expresión mientras otros buenos latinoamericanos jugábamos fútbol, un amigo registró mi cartera sin permiso. Sacó The Price of Salt, e hizo un comentario sobre la descripción que viene atrás (“lesbian cult classic”). “Es un libro lento,” gritó un rato después. Siempre preocupada por el bienestar ajeno, le ofrecí información útil: “Cogen en la página 160.” (Era en la 190. Fallé como amiga.)

Horas antes, había agarrado el libro—escrito por Patricia Highsmith—mientras salía del cuarto, para tener algo que leer en el bus. Gracias a Cannes, me interesaba leerlo de nuevo. Por tercera o cuarta vez. La primera vez fue hace unos años, antes de saber que Phyllis Nagy intentaba llevar al cine su guión adaptado o que este, bajo el nombre Carol, llegaría a ser dirigido por el mismísimo Todd Haynes. Terminar varias veces un mismo libro lleva a preguntarse por qué.

Patricia Highsmith (1921-1995), cariacontecida y cejijunta.

 I. Porque lesbianas, mae

Siguiendo la milenaria tradición de actuar por razones tribales (apoyen lo nacional), he visitado muchos libros, películas, charlas y series de ABC Family por la prometida aparición de mujeres no heterosexuales. Por ahora, tristemente, casi nada de pulp. Pero querer visitar no necesariamente lleva a querer quedarse. Aún no he huido de ninguna charla, porque soy muy correcta, pero sí he abandonado libros en el primer capítulo, películas después de unos minutos y series en su enésimo cliffhanger (suerte con todo, Emily Fields). “Porque lesbianas” es una razón obvia e importante, pero insuficiente. Que lo diga Glee.

II. Represión, ambivalencia, silencio

Mucho de lo que Carol dice en el libro es práctico. Fechas, planes, dinero. No se expresa tanto sobre asuntos internos, ya sea porque no se atreve o simplemente porque prefiere no hacerlo. Cuando lo hace, usualmente es telegráfico. Lo mismo pasa con Therese, especialmente al inicio de la historia (aunque la narración, enfocada en ella, expone más sobre su estado mental cambiante). Los personajes de Highsmith son complicados y retraídos, dicen algunos. Fríos y acartonados, dicen otros.

Frente al ambiente social retratado en The Price of Salt—a veces sofocante, conservador—las protagonistas reaccionan de forma silenciosamente desafiante. No niegan acusaciones, no actúan como otros esperan, no hay conversión o suicidio, pero tampoco pretenden luchar contra “el sistema.” La pregunta, imposible de responder, es hasta qué punto su aparente desinterés por agruparse es producto de su época (es difícil imaginarlas queriendo suscribirse a The Ladder). Casi cuarenta años después de escribir el libro, Highsmith sí asocia personalidad con circunstancias. “Therese may appear a shrinking violet in my book, but those were the days when gay bars were a dark door somewhere in Manhattan, where people wanting to go to a certain bar got off the subway a station before or after the convenient one, lest they be suspected of being homosexual.”

Live honestly, even if not loudly. Al parecer, la película rescata este aspecto de la novela. Algunas reseñas, como queja o elogio, mencionan la ausencia de melodrama, así como la importancia de los gestos mínimos y las pausas en el diálogo. Iba a decir que The Price of Salt/Carol es una historia para personas (interesadas en personas) reprimidas o reservadas, pero no sé. Mejor oigamos música instrumental mientras cuestionamos nuestras inconvenientes emociones.

#datcast

III. You’re so conscious of some moods and so unconscious of others

El tono de Morvern Callar, el tono de The Tree of Life, el tono de Her. Puede ser muy vago hablar sobre el tono o la atmósfera (o el mood, dude) que alguna obra evoca pero, muchas veces, es un componente clave. La sensación o las imágenes que permanecen con uno tiempo después, junto a—e incluso por encima de—la trama o los temas. Como el ambiente laboral en Frankenberg’s, la abarrotada tienda por departamentos donde Therese trabaja durante pocas semanas, llena de señoras cansadas que llevan ahí años. Las calles de la ciudad vacías y el suburbio domesticado en medio domingo invernal. Ansiedad, paranoia y secretismo. Constantes desajustes sociales pequeños, como el encuentro esperado que resulta incómodo, o el gesto afectuoso ofrecido por razones incorrectas. Y un solitario detective en su sedan negro. Estos elementos, expuestos con un estilo de escritura intermitentemente austero y sentimental, moldean una parte de la atmósfera de The Price of Salt. La parte restante es tensión sexual. Obvio.

IV. Like a word one can almost but not quite define

“I like to avoid labels. It is American publishers who love them.” Eso escribió Highsmith en 1989. En 1952, había publicado The Price of Salt bajo el seudónimo Claire Morgan. Decepcionada con la experiencia de ser etiquetada “suspense writer” cuando publicó Strangers on a Train dos años antes, quiso evitar el riesgo de ser etiquetada nuevamente, pero peor: “lesbian-book writer.” Tal vez nunca iba a sentir ganas de escribir un lesbian-book de nuevo, decía. Y así fue. “I never wrote another book like this.” (En una portada del libro, lo anuncian como “now a masterwork.” En un artículo, Terry Castle lo apoda “dykey little potboiler.” Qué pensaría Highsmith.)

Las etiquetas y el lenguaje son un tema interesante en The Price of Salt. Es 1952, año intermedio entre los reportes de Kinsey, y décadas después de que un psicólogo acuñara los términos heterosexual y homosexual. Los personajes sostienen conversaciones sobre comportamientos, sin etiquetas identitarias. Usan eufemismos, comillas implícitas—mujeres “diferentes” y personas “así.” Esa vaguedad captura el momento formativo que vive Therese, pero también una época, y la ambigüedad de varios personajes. La indefinición suele ser insatisfactoria, pero el lenguaje también. “The question was would I stop seeing you (and others like you, they said!). It was not so clearly put.”

V. Lo adicional necesario

“And the lambs who didn’t realize how much wool they were losing when somebody sheared them to make the sweater, because they could grow more wool. It’s very simple.” Danny, amigo de Therese, hablando sobre átomos, relaciones interpersonales y el tipo correcto de economía. No todo es comprensible, pero es entretenido. The Price of Salt tiene buenos personajes secundarios. Danny, Abby (amiga de Carol) e incluso Ruby Robichek, una desmejorada excompañera de trabajo de Therese, quien recorre el libro como el espectro de un futuro no deseado. “How is in South Dakota?—escribe Mrs. Robichek en una postal—Are mountains and cowboys?” Excelente pregunta.

El libro tiene, también, suficientes frases graciosas, incómodas o aparentemente ingeniosas como soportar varias leídas. Están las frases que ahora no entiendo por qué subrayé hace años, y las que recientemente me llamaron la atención pero no había subrayado. También las que, consistentemente, he considerado dignas de ser marcadas con amarillo chillón. “What’s the use debating the pleasure of an ice-cream cone versus a football game,” se cuestiona Carol. Otra buena pregunta.

Todd Haynes con su amiga y usual productora, Christine Vachon.

VI. Posdata

Varias reseñas sobre Carol han aplaudido la combinación del guión de Nagy con el sello Haynes—sello que incluye vestuarios de Sandy Powell, cinematografía de Edward Lachman, música de Carter Burwell y memorables actuaciones femeninas (de Rooney Mara, Cate Blanchett y Sarah Paulson, en este caso). En honor al hype, una lista de referencias mencionadas en reseñas o entrevistas sobre la película. (Los [números] llevan a las fuentes donde las influencias o comparaciones son mencionadas.)

A. Fotografía, pintura

Vivian Maier (1926-2009) [1] [2]

Ruth Orkin (1921-1985) [1] [2]

Esther Bubley (1921-1998) [1] [2]

Helen Levitt (1913-2009) [1] [2]

Saul Leiter (1923-2013) [1]

Edward Hopper (1882-1997) [1] [2] [3]

Norman Rockwell (1894-1978) [1]

B. Todd Haynes

A favor o en contra de que Carol (2015) sea un “companion piece” de Far From Heaven (2002) o Mildred Pierce (2011)  [1] [2] [3] [4] [5] [6] ∞

C. Cine

Mildred Pierce (1945)— Michael Curtiz [1]

Brief Encounter (1945) — David Lean [1] [2] [3] [4] [5]

Leave Her to Heaven (1945) — John M. Stahl [1]

Sunset Boulevard (1950) — Billy Wilder [1]

Douglas Sirk [1] [2] ∞

A Place in the Sun (1951) — George Stevens [1]

The Little Fugitive (1953) — Ruth Orkin y Morris Engel [1]

Lovers and Lollipops (1956) — Ruth Orkin y Morris Engel [1]

Rainer Werner Fassbinder [1]

Claire Denis [1]

The Graduate (1967) — Mike Nichols [1]

The Sugarland Express (1974) — Steven Spielberg [1] [2]

Bad Timing (1980) — Nicolas Roeg [1]

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